EXTREME SEAL EXPERIENCE.


Estudiantes, profesionales y empresarios están dispuestos a pagar 1.800 dólares a la semana para entrenarse como un comando de élite.

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Es el anti estrés de los más duros, donde aparcan tensiones y se dejan el aliento en los bosques de Virginia (EE.UU.). Un curso que se llama: “EXTREME SEAL EXPERIENCE”.

Hay quien se relaja juagando al golf, corriendo maratones o coleccionando sellos. En los bosques de Virginia, cerca de Norfolk, la mayor base naval del mundo, un grupo de hombres desconecta del estrés y de la vida cotidiana jugando a ser soldado. Y no cualquier soldado.

Es posible que el automovilista despistado se tope con lo que parece un comando militar cruzando una carretera local, o que los vea saltando a una lancha en una de las vías de agua que surcan esta región pantanosa.

SEAL Experience

Son los clientes de Extreme Seal Experience, y han acudido unos días aquí, procedentes de todo Estados Unidos, -y algunos del extranjero- para jugar a ser un miembro de los comandos de élite de las fuerzas navales de Estados Unidos, los Navy Seal.

Los Navy Seals no son unos comandos cualquiera. Su fama es legendaria. Pero ha sido su última gesta la que les ha dado proyección mundial. El 1 de mayo de 2011, un grupo de Navy Seals asaltó la casa de Abbottabad (Pakistán) donde vivía Osama Bin Laden. Le ejecutó allí mismo. La operación cerraba una década de guerra contra Al Qaeda, tras los atentados del 11 de septiembre del 2001. Y devolvió la autoestima a la primera potencia mundial: después delas frustrantes aventuras de Afganistán e Iraq. Estados Unidos descubrió que todavía podía encontrar héroes. Héroes anónimos, porque la identidad de quienes participaron en aquella acción –y de quien apretó el gatillo que acabó con el gran enemigo de EE.UU. – se ha mantenido oculta.

El episodio ya inspira libros y películas. Y ha disparado el interés por estos guerreros preparados para todo. ¿Cómo se fabrica un Navy Seal?¿Qué puede aprender un ciudadano de a pie de los Seals?¿En qué pueden resultar útiles sus enseñanzas para la vida cotidiana o incluso para las relaciones laborales? El secreto de los Navy Seals, explican veteranos de estos comandos de élite, no es sólo la fuerza física, sino también la mental. Y estos dos aspectos son los que aprenden los alumnos-clientes de Extreme Seal Experience, la empresa que Don Shipley fundó para transmitir sus conocimientos.

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Don Shipley, Ex Navy Seal y fundador de Extreme Seal Experience: “Un Navy Seal nunca deja de serlo”.

Aunque lleve tiempo apartado del acción real, el espíritu Seal nunca ha abandonado a Don Shipley, de 50 años. Después de retirarse trabajó como contratista en países como Afganistán. Después fundó Extreme Seal Experience, una empresa que ofrece la posibilidad de entrenarse durante una o dos semanas en un entorno similar al que se entrenan los Navy Seals verdaderos, y con un método parecido.

A las ocho de la mañana Shipley toma café sentado delante de la casita de madera donde vive con su esposa, Diane y su hija. La casa se encuentra junto a una carretera en Virginia, en un claro de bosque en ele que hay una caravana y varias cabañas que sirven de trastero. Esta es la sede de Extreme Seal Experience, donde por 1.800 dólares semanales uno experimenta qué representa ser un Seal, y lo hacen con un profesor de lujo, Don Shipley, que fue Navy Seal durante dos décadas.

Shipley entró de joven en la Navy, la Armada de los Estados Unidos. Tenía 17 años y ganas de ver mundo. En uno de sus buques conoció a su esposa y decidió presentarse al curso para ser un Navy Seal –la élite del cuerpo-, considerado el entrenamiento militar más duro que se puede seguir en el mundo.

Don Shipley pertenece a una generación excepcional de militares estadounidenses. Sus mayores lucharon en Vietnam; los más jóvenes combatieron en Iraq y Afganistán. Entre los años ochenta y noventa, con la resaca de la derrota de Vietnam todavía presente, la generación de Shipley vivió un paréntesis sin guerras mayores, si se exceptúa la del Golfo, en 1991. Ahora, después de una década de presencia constante en Iraq y Afganistan, puede parecer extraño, pero centenares de miles de militares estadounidenses nunca supieron qué era combatir de verdad.

El ex-Navy Seal sólo participó en escaramuzas, pero viajó por todo el mundo: Tailandia, Australia, Guam, España, Noruega, Suecia…Diane le esperaba en casa. Era dificil ser la esposa de un Navy Seal, siempre en misión secreta, siempre movilizado el el último minuto y de improviso, raramente presente en las fechas señaladas. Ahora la pareja hace vida hogareña en la cabaña del municipio de Chesapeake. Y él proporciona a sus alumnos –estudiantes, profesionales, empresarios- una idea de lo que representa ser un Seal. Eso si, aquí no hay castigos crueles ni maltrato verbal: el cliente manda y, como explica Shipley, sólo se exige que cada uno haga lo que pueda, en un ambiente amable y fraternal…

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La animadversión que a veces provoca Estados Unidos en el resto del mundo sólo es comparable con la fascinación que ejerce. En pocos lugares esta relación dual es tan clara como en América Latina. Al salvadoreño Carlos Lemus le puede más la atracción. Desde pequeño le interesó todo lo relacionado con las fuerzas armadas estadounidenses. Por eso no es extraño que, aprovechando un viaje de trabajo a EE.UU. se desviase durante una semana a Virginia. Lemus pagó los 1.800 dólares que cuesta el Extreme Seal Experience y pasó siete días vestido de soldado, corriendo por el bosque, asaltando casas abandonadas y durmiendo en una cabaña con desconocidos.

“Es una experiencia bien chévere”, valora después. “He venido para mejorar mi condición física y para divertirme”. Ha conseguido ambas cosas.

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Carlos Lemus no parece una persona violenta. Al contrario. Para él, ejercitarse como un Navy Seal es algo parecido a practicar deportes de riesgo, una de sus aficiones. “¿No preferirías pasarte la semana de vacaciones en una tumbona en la playa tomando cervezas?”, le preguntaban sus amigos. No, Lemus tenía que visitar las oficinas centrales en Hanes –la multinacional de ropa interior para la que trabaja- en Carolina del Norte. Así, que aprovechó la ocasión.

“Yo pensaba que estaba en plena forma, pero resultó que no”. El nivel de exigencia es alto:” lo que quieren es que saques algo de ti, cosas que tú ni siquiera sabes que existen”, dice. “Logras conocerte mejor”. Lleva cuatro días en el entrenamiento y ya ha aprendido a manejar una lancha zodiac, a entrar en una habitación en la que está apostado el enemigo y sobrevivir, a disparar a los enemigos, a pelear con cuchillos. “Cuando tu cuerpo ya no resiste más, tienes que seguir echándole ganas”, añade.

“Carlos…¡el chacal!”, bromea uno de los instructores cuando se dirige a él, el único extranjero entre los alumnos del curso en el que participó.

“Algunos en el grupo tienen una cierta fortaleza. otros ciertas debilidades. De la experiencia he aprendido a saber trabajar en equipo y a capitalizar las fortalezas de cada uno para superar las debilidades que tenemos como grupo”, explica. Como dicen los instructores, “de nada sirve tener una persona que es muy rápida si tenemos otra muy lenta porque, como unidad, seremos tan rápidos como el mas lento”, concluye.

Hay personas que se apuntan a los cursos ex Navy Seal Don Shipley porque necesitan desconectar de su vida cotidiana. Otros esperan encontrarse a sí mismos entre los bosques y los terrenos pantanosos de la costa de Virginia.

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Es el caso de Mason Colley, de 18 años. Acaba de graduarse en el instituto y no tiene claro qué hacer con su vida. Con el consentimiento de sus padres, este texano cruzó medio país para pasar dos semanas en el Extreme Seal Experience. Espera que el curso le ayude a saber “un poco más” sobre sí mismo y le dé pistas sobre “qué quiere ser”.

Colley duda. Acaba de atravesar el lago a nado. Con el uniforme y las botas puestas. Cojea. Mientras cruza el bosque en dirección a la cabaña donde se duchará y se cambiará de ropa, explica no sabe si ir a la universidad o entrar en las fuerzas armadas. Ha pensado estudiar Ciencias Políticas, o Empresariales. Si se decidiese por la carrera militar, preferiría no ser un Navy Seal. No le gusta el agua, el miedo natural de los Seals. Preferiría ser un Boina Verde, como el que interpretó en el cine John Wayne.

Lo más difícil de Extreme Seal Experience –explica es la llamada ‘hell night’, ‘la noche infernal’. Se trata en realidad, de 24 horas de ejercicios intensos, con frío y humedad, a la intemperie, pensados  como una versión reducida –y mucho más ligera- de la “semana del infierno” que viven los auténticos Navy Seals durante su formación. Estas jornadas extremas y duras son las que ayudan a decidir quién resiste y quién no, quién está hecho del material con el que se modela un comando de élite, y quién no. Quién resistirá y quién se quedará en el camino. “Es un desafío físico, pero el reto puede aplicarse en todos los ámbitos”, apunta Colley.

Rodeado de adultos –sólo un adolescente de 16 años, hijo de uno de los instructores, es más joven que él-, insiste en que lo que ha aprendido no es tanto a disparar o navegar el lancha o a saltar desde un helicóptero como a mejorar como persona. “Aquí se aprende a tener actitud. A no tirar la toalla. A trabajar en equipo”, resume. “Te enseñan a no abandonar nunca, a pensar que todo puede hacerse. Y creo que esto es algo práctico para moverte por la vida”, dice.

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Una vez al año Adam Lassiter, empresario del  estado de Utah, ‘aparca’ a su familia –su esposa y sus hijos de seis y ocho años- en el parque de atracciones de Disneyland, en California. Él sube a un avión y cruza medio continente para perderse una semana en los bosques y las marismas de la frontera entre Virginia y Carolina del Norte, donde se encuentra el campamento del Extreme Seal Experience. Es el tercer año que viene. Para él supone un desafío físico –es el de más edad del grupo-, pero también una manera de desconectar de una vida laboral estresante y complicada por la crisis económica. Aquí, Lassiter pasa una semana haciendo lo que de verdad le gusta sin preocuparse por nada más.

“Lo mental lo es todo. Diría que el aspecto físico es el 1% y la cabeza el 99"%. Si no te lesionas y físicamente estás capacitado, puedes ponerte en forma a base de entrenamiento. Pero la fortaleza mental o se tiene o no se tiene”, asegura el empresario. Para nadar en un lago a las nueve de la mañana de un día de octubre con botas y uniforme, por ejemplo, se necesita mucha fuerza de voluntad. Igual que para pasar la noche en vela simulando misiones militares. Cabeza. Espíritu. Resistencia. Porque el físico también cuenta. Lassiter recuerda la primera vez que visitó el campamento, en el 2008. No estaba en forma y lo pasó mal. “Hace cuatro años esto cambió mi vida”, admite. “Me dio confianza. Me hizo pensar: ¿Eres lo suficientemente resistente?”.

Ya le habían interesado las cuestiones militares antes. Su padre era militar. Pero él se casó pronto, a los 21 años, y su esposa no creía que meterse en las fuerzas armadas fuese el mejor estilo de vida para ellos. Tuvieron hijos y su vida profesional derivó por otros caminos.

Propietario de una empresa de construcción, Lassiter ha notado la crisis económica. En el 2006, cuando la burbuja inmobiliaria todavía no se había pinchado, tenía 114 empleados. Ahora son 15. “El 2011 ha sido el peor año”, constata. “Todo lo que aprendes aquí –reflexiona- es aplicable en el mundo de los negocios”, ¿Qué, exactamente? “Hay una gran incertidumbre sobre lo que nos rodea, pero, si das un paso adelante, encontrarás una salida”, responde. “Estos cursos me han dado la confianza para seguir avanzando, incluso en los tiempos malos”.

Texto de Marc Bassets.

Fuente: [Códigoúnico]

Ampliado y modificado By La Daga.

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