EL JUGUETE IMPOSIBLE.


20071129101612_abduccionNarraré este caso tal como me lo contó el mismo testigo, que únicamente me dio permiso para hacerlo tras muchas vacilaciones y con la condición estricta de que omitiese todos los detalles que pudiesen llevar a alguien a su identificación.

Hace unos años, hechos como este eran los que hacían perder credibilidad al fenómeno ovni y desanimaban a los investigadores que se consideraban a si mismos «científicos». Sin embargo, hoy los investigadores más despiertos, y en cierta manera la opinión pública, están ya más preparados para aceptar este aspecto paranormal del Fenómeno, lo mismo que se van convenciendo de sus muchos aspectos parafísicos que tanto intrigan y hasta malhumoran a los conocedores de las ciencias físicas. Omitiré por lo tanto nombres y ubicaciones, tal como me lo pidió mi contacto, quien bastante ha tenido ya que sufrir con haber sido testigo mudo por tantos años de hechos tan alucinantes e «imposibles».

En la década de los 40, nuestro testigo —al que en adelante llamaremos _Julio— tenía menos de 10 años. Cierto día vio encima de sí, en una región en la que siempre ha existido una gran actividad ovnística, algo que flotaba en el aire a unos veinte metros de altura.

Por supuesto, él no tenía ni idea de lo que era aquello, pues nunca en su vida había oído hablar de semejante cosa, pero su ingenuidad de niño campesino, junto con la natural curiosidad de su edad, lo impulsaron a interesarse por averiguar qué era aquella cosa extraña que flotaba en el aire.

En vez de huir o asustarse se dedicó a observar. Al cabo de un rato sintió que lo alzaban desde arriba y en pocos instantes se vio dentro de una habitación circular, con una luz «que no era como la del sol», y rodeado de objetos y cosas que no solo no le eran familiares sino que eran totalmente distintos de todo lo que él había visto hasta entonces.

Aún no había salido de su asombro cuando vio una niña de unos seis años que vino hacia él muy sonriente, y en ademán de jugar, y efectivamente enseguida empezó a enseñarle todos los juguetes que ella tenía en aquella casa tan rara. Julio observaba todo con mucha atención, y aunque se daba cuenta de que estaba viendo cosas que nada tenían en común con lo que él había visto hasta entonces, en la humilde casa de sus padres o en cualquier otro sitio no estaba atemorizado y sí genuinamente interesado en todo lo que le estaba enseñando. La niña siguió mostrándole sus juguetes hasta que llegó a uno que será el objeto central de este caso. El juguete era una caja pequeña de unos 20 x 20 x 10 centímetros.

La niña ponía sus pequeñas manos sobre ella y enseguida se empezaba a formar en la parte superior de la caja una especie de vapor hecho de muchas luces, que giraba vertiginosamente, hasta que casi de repente aparecía ante ellos una criatura pequeña, humanoide, como de un metro de altura y una inteligencia semejante a la de un mono. No hablaba y parecía estar muy extrañada del lugar en que se encontraba de repente, como si la hubiesen traído allí contra su voluntad.  La caja no tenía nada por fuera que indicase sus enormes potencialidades, y la niña era capaz de sacar de la misma cuantas criaturas quería, todas semejantes a la primera, y todas le obedecían sin chistar, incluso cuando las volvía a meter, haciéndolas desaparecer dentro de la caja de la misma manera misteriosa como las había sacado. Primero las convertía en una especie de vapor, que repentinamente se precipitaba por una pequeña rendija hacia dentro. Digo que las hacia desaparecer dentro de la caja porque las criaturas, evidentemente, no cabían dentro, aunque hubiese habido una sola. Daba más bien la impresión de que se desmaterializaban.

Julio pasó un buen rato allí conversando con la niña y viendo las muchas cosas que ella le enseñó, hasta que llegó la hora de irse. Entonces la niña le preguntó si quería quedarse con la caja, porque él había mostrado mucho entusiasmo cuando veía que sacaba de ella con tanta facilidad aquellos «monitos». Sin pensarlo mucho le dijo que sí, y ella se la dio. L0 bajaron de la misma manera que lo habían subido, pero con la caja, algo que desde aquel momento se iba a convertir en el centro y en la preocupación de toda su vida.

Naturalmente, guardó con gran celo su misteriosa caja y hasta la escondió de miradas demasiado inquisidoras, pero no hizo de ello un secreto inviolable. Gozaba mucho mostrándosela a escondidas a sus amiguitos y recuerda que hacía una especie de pequeño circo —para cuya entrada cobraba un centavo—— en el que sacaba alguna  de aquellas criaturas de la caja ante el asombro de sus pequeños compañeros de escuela. Las personas mayores nunca asistían a aquellas «fantasías» de muchachos y hacían en pequeño lo que la sociedad hace en grande: si alguno de sus hijos les contaba lo que había visto, simplemente lo achacaban a «imaginaciones de niños».

Aunque también es cierto que Julio nunca sacaba ningún monito cuando había algún adulto presente. Esto contribuyó a la idea de que todo eran «cosas de muchachos». Pero sucedió algo inesperado. La niña le había explicado bien a Julio cómo tenía que hacer para volver a meter los «monitos» dentro de la caja, pero Julio, a pesar de que lo intentaba, no lo lograba. Las criaturas, en cuanto salían de su asombro inicial, se quedaban durante un tiempo al lado de la caja, como esperando las órdenes de Julio, pero dando muestras de un gran nerviosismo. Más tarde, cuando este intentaba volverlas a meter y no lograba, repentinamente se iban a una velocidad vertiginosa y se perdían entre la maleza. Estas criaturas se convirtieron bien pronto en una pesadumbre para julio, porque lejos de desaparecer comenzaron a molestarlo y a amargarle la vida. Primero, cuando mediante la imposición de las manos sobre la caja hacía salir a las criaturas, no lo hacían de una manera tan fácil y natural como lo hacían con la niña, sino que cuando se materializaban delante de sus ojos se mostraban contrariadísimas, como si hubiesen sido traídas a la fuerza de otro sitio, y comenzaban a mirar a todas partes y a dar señales de gran intranquilidad buscando por dónde huir, y de hecho lo hacían en cuestión de segundos, con unos movimientos eléctricos, sin que se dejasen agarrar ni tocar por nadie. Más bien se mostraban hostiles a la gente, aunque los mayores parecían no verlos.

Sin embargo, los niños y los animales, sobre todo los perros, los veían muy bien y huían a toda velocidad ante su presencia. Al cabo de un tiempo. estas criaturas comenzaron acercarse a la casa de julio y a todas horas merodeaban por los alrededores. A veces se acercaban a él —la única persona con la que hacían esto—llegaban a tocarlo, e incluso a veces le mostraban muy poco respeto: le hacían bromas muy rudimentarias y de mal gusto. Durante años. cuando Julio iba de un lado a otro por el campo, ellos lo acompañaban, aunque siempre a cierta distancia. La gente no los veía pero, como he dicho antes, los animales sí, y estos se alejaban dando señales de gran  miedo o inquietud cuando esas criaturas se acercaban. Julio no sabía qué hacer.

Estos hechos, a lo largo de los años, se convirtieron en un calvario para él, y puede decirse que han marcado fatídicamente toda su vida. En la actualidad él ya no tiene la caja consigo; la arrojó al mar amarrada a una piedra, muy lejos de la orilla,  porque parece que lo que atraía a las criaturas era la caja y de hecho hace tiempo que estas ya no lo visitan.

En un determinado momento de nuestra larga conversación aunque posteriormente lo he visitado más veces—, Julio me dijo con acento apesadumbrado: «Créame, lo que yo quisiera es morirme». A mi pregunta de por qué, me contestó, siempre con el acento de un hombre que lleva encima de sí un gran peso o una gran preocupación: «Ya no quiero ver mas cosas extrañas, lo que quiero es descansar».

Todo esto me dejó con muchos interrogantes en la cabeza. En realidad, me dio la impresión de que se reservaba, de que aún tenía más cosas que decir y que eran precisamente las que le causaban todo ese cansancio de vivir.

Él relaciona estas criaturas con ciertas desgracias que han sucedido por aquella región y cree que son capaces de hacer mucho mal, y que de hecho lo hacen en y algunas ocasiones. Según parece, en el tiempo en el que el lector podrá pensar que todo esto son fantasías, pero Julio tiene testigos, si no para probar que todos los detalles de lo que dice son absolutamente ciertos sí para atestiguar que los ovnis pasan a escasos metros del techo de su casa cuando él dice que van a pasar, y algunos otros hechos extraños.

Su mujer y dos de sus hijas así me lo contaron y me describieron cómo era el objeto que pasó a cámara lenta a muy pocos metros de la azotea de su casa. Otros vecinos pueden atestiguar lo mismo. En cuanto a los «muñecos» de la caja, todavía queda alguna persona mayor que se acuerda de ellos. Dos años más tarde de haber recibido estas confidencias de julio consulté mi libreta de notas, donde tenía apuntados los datos concretos que él me había dado. Allí estaba el nombre de uno de sus amigos de la infancia que había visto en varias ocasiones cómo él sacaba aquellas criaturas de la caja. julio sabía que vivía en un barrio específico de una ciudad distante como unos sesenta kilómetros, y me dio un detalle concreto por el que se podía localizar. Me dijo que él había perdido todo contacto con esta persona desde hacía muchos años, pero yo me decidí a buscarlo y corroborar así tan extraña historia. Me tomó casi un día entero dar con él, pero por fín lo encontré. Le hablé de su infancia, de su pueblo natal y de Julio. En cuanto se lo nombré y le pregunté si recordaba el circo que montaba, sonrió y, moviendo la cabeza con un ademán de incredulidad, dijo rotundamente:

Aquel cabrón no sé cómo lo hacía.

—Pero ¿qué hacía? —dije yo.

—Tenía una caja de zapatos de la que sacaba unos
monos…, que la primera vez que los vi delante de mí,
dispensando, me lo hice por los pantalones.

-¿ Y se acuerda de cómo eran?

-Mire usted, yo era niño, y me fui muy pronto de aquel pueblo. De eso hace como cincuenta años y apenas lo recuerdo. De lo que si me acuerdo es que yo los vi solo en dos ocasiones, soñaba con ellos, me dieron mucho miedo, me despertaba llorando y me iba corriendo a la habitación de mis padres. Y como esto pasó varias veces, ellos me prohibieron andar con Julio.

-pero ¿como eran aquellos monos?–insistía yo.

-No recuerdo bien. Casi no me atrevía a mirarlos. Eran tan altos como yo y feísimos, con unas orejas en punta. Y se movían a una velocidad que a veces desaparecían de la vista. Eran como si fuesen eléctricos.

-¿Y qué pasaba con ellos?

-Pues no sé decirle.

-¿Y como los sacaba de una caja tan pequeña si eran tan altos como usted?

-Eso me pregunté después muchas veces. Era tan pequeño que no me lo cuestionaba, aparte del miedo que les tenía.

Apenas pude sacarle más datos, pero lo que me contó fue suficiente para convencerme de que Julio me había narrado no eran invenciones suyas…Posteriormente una persona me contó que las cosas que le sucedió a Julio esta persona cuya casa está bastante aislada ni siquiera esta persona conocía a Julio en persona, en la montaña vio en numerosas ocasiones a unos extraños seres que en las líneas generales coinciden con los de Julio; y no solo los vio sino que ha empezado a tener alguna relación con ellos…después de escribir estas líneas he vuelto a comunicar con esta persona, para saber de su relación con estos seres, me dijo que tuvo que mudarse de casa porque cuando se encontraba sola en su casa aparecían las criaturas y la asediaban de tal manera que llegó a cogerles miedo…

FUENTE: SALVADOR FREIXEDO, LA GRANJA HUMANA, [STOP-NWO]

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